Safari

22

Hemos salido al alba. Ya falta poco para el mediodía y me encuentro perdido en plena sabana. Por si eso fuera poco, hace un calor espantoso, dispongo de agua para un día y voy cargado como el mejor de los reporteros del National Geographic.

El día anterior, en el hotel, nos aleccionaron sobre los peligros de no mantener el grupo unido durante el safari, pero yo hice caso omiso.

Intercepto unos inquietantes gemidos. Creo que son las risas características emitidas en el frenesí carroñero de las hienas. Preso de pánico echó a andar sin rumbo, a paso ligero. Correr no debo, me mataría antes de tiempo.

Las montañas que reconozco en el horizonte quieren poner fin a un mar de hierba, eso me anima.

Al atardecer, entre sombras crepusculares, avisto los destellos de unos ojos brillantes y asesinos. La oscuridad y la maleza dificultan la visión para poder distinguir las figuras, pero se delatan una docena de individuos.

Antes de verme casi acorralado me despojo de trastos superfluos y emprendo una alocada carrera sin objetivo.

La histérica galopada llega a su fin cuando meto el pie en un hoyo y voy a dar de bruces contra un promontorio surgido de la nada. Subo patinando por una rampa llena de guijarros obstinados en ponérmelo difícil.

Intento aplacar el resuello mientras veo que ya están ahí. Van a atacar. Una parece la líder y el resto espera su señal.

Atacan en grupos de dos. Una hace la labor de despiste para centrar la atención y la otra intenta asestar el mordisco.

Ante la táctica lo único posible es aguantar y repelerlas como pueda. Les tiro piedras con una mano y la otra intenta dar golpes con un palo, al aire la mayoría de ellos. En un lance consiguen morderme en la tibia. La brecha que se abre desata la locura, los ataques aumentan en intensidad y violencia.

El buen trozo de carne arrancado me hace perder mucha sangre y me debilita a marchas forzadas.

En cuclillas y casi indefenso, otra me muerde en la otra pierna y no la suelta. El resto de la manada se lanza en tromba.

Noto como se astilla el fémur por la presión de una potente mandíbula y el intenso dolor provoca un último destello de lucidez para recordar que cuando no encuentran carroña y se dedican a cazar, tienen la mala costumbre de empezar a comerse la presa viva.

Agonizo, cuando…

– Julio, ¡despierta!, ¿qué te pasa?, estas soñando, ¡despierta!

– ¡Ah!, ¡oh!, ¿qué pasa…? ¡Madre mía!, ha sido terrible, estaba soñando con unas hienas, me atacaban, en África… Me mordían, ¡era tan real!

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