San Fermin

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Después de un encierro accidentado, con varias cornadas que hicieron diana en muslos y glúteos, el grupo de colegas decidió entrar en el bar más cercano para recuperarse del susto a base de más alcohol.

Javier, al que la turbieza no le abandonaba desde hacia muchas horas, empezó a notar los efectos de una indisposición descomunal. Los amigos, concentrados en una animada charla, no repararon en el color verde pálido que estaba cogiendo su rostro, y en que se estaba gestando un espectáculo desconocido en los Sanfermines. De repente, una combinación de convulsiones, arqueos y estiramientos reclamó la atención de todos.

Javier solo pudo aguantar unos segundos hasta que su organismo no pudo más. En el punto culminante de su estremecimiento inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás, con ademán de coger impulso, y con la abertura máxima que le permitió la boca expulsó una parábola perfecta de fluidos densos y viscosos.

En principio el chorro se dirigió hacia arriba pero unas décimas de segundo más tarde se convirtió en una amenaza. Eduardo, al intuir el peligro, intentó parar el tiempo, pero solo fue capaz de esperar que el chorro parabólico le cayera encima mientras los compañeros estallaban en un estruendoso aplauso.

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La cita

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En un portal de citas por Internet conseguí quedar con una chica para tomar algo y conocernos. A las siete de la tarde esperaba impaciente que llegara. Sentado en la terraza del bar vi que dos mujeres jóvenes se dirigían hacia donde yo estaba. Desde lejos, y al ser dos, no caí en la cuenta de que una de ellas era mi cita, claro, yo esperaba solamente a una.

Se plantaron enfrente de mi y la “mía” me saludó – hola, ¿qué tal, cómo estás?, te presento a mi hermana – Yo no entendía nada, ¿qué hacia allí con su hermana?, había quedado con ella, ¡pero no con su hermana! Sin esperar que yo respondiese me explicó que estaba muy sola y triste por un desengaño amoroso, que se le ocurrió podía ser una buena ocasión para animarla.

Desde luego que preferí no pensar de que forma había que animar a su hermana. Me levanté y cordialmente me excusé con el pretexto de que se me había olvidado un asunto que requería la máxima atención urgente. Lejos ya del lugar pensé en la ocasión perdida para la fantasía pendiente de un trio, pero es que me echó para atrás el espantoso bigote que debía hacer meses que no se depilaban. Si lo hubiese visto en las fotos de Internet, pues ya…

Suerte

23

Lo que le hizo tomar la decisión de no volver fue la nefasta experiencia de la última entrevista. Pero la necesidad regía el destino de Juan, y ahí estaba otra vez.

Faltaban siete minutos para la cita. Los nervios le comían vivo. Esta vez no podía largarse, no tenía más remedio que entrar. El miedo, ¡qué coño!, el pánico es lo que le invadía. La recepcionista se acercó, sin remedio ya, mientras él suspiraba por la suspensión, por cualquier motivo, daba igual. Le hizo entrar en el despacho. Lo que faltaba, encima le esperaba una mujer. Y con cara de mala leche. Era una adversidad que reducía las posibilidades todavía más. – Está todo perdido –, pensó.

Empezaron las preguntas, – sudaba –, las axilas le chorreaban a mares. Una suerte no sudar por la frente. A pesar de todo la entrevista no fue del todo mal. Se fue para casa, le llamarían, dijeron.

Al día siguiente llamaron. – ¡Increíble!, me han seleccionado, he pasado la prueba – se dijo. ¿Sería por su experiencia? Quizá. Corrió a llamar a Eli, quería celebrarlo. Hoy no podía ser, mañana lo celebrarán. A las nueve en el restaurante. Pidieron carta. Unas “crudités” de aperitivo y ya las regaron con vino, muy caro, la ocasión lo merecía. Dispendio a la vista. Eli atiende, él se explica. Acabó y esperó su reacción. Ella opinó: – ¡que suerte has tenido! ¡Joder!, – respondió él. – ¿Suerte?, ¿cómo qué suerte? Por fin encajo en el laboreo remunerado. Ha costado mucho. Tengo que estar ahí por salud de bolsillo y mente. Ya llevo aprendido el significado de la palabra suerte. Llega algo, te pilla despistado mirando hacia el lado contrario. Eso es suerte, buena o mala. Tengo trabajo. La suerte no participa. Gano yo, la suerte no –.

Eli le despierta. – ¡Arriba hoy empiezas a trabajar! – Desayuno frugal. Ella sigue diciendo que ha tenido suerte. Quiere cabrearlo, está claro. Él no contesta. – Anoche no entendió nada –, considera. La abandona con la galleta entre dientes. Coge los bártulos y se va. Por el camino piensa en la palabra maldita. Deja de lado las acepciones que tiene. Concluye que puede ser favorable o adversa. Sabrá cual le toca de hoy en adelante. Le espera un duro mes de vendimia.

Safari

22

Hemos salido al alba. Ya falta poco para el mediodía y me encuentro perdido en plena sabana. Por si eso fuera poco, hace un calor espantoso, dispongo de agua para un día y voy cargado como el mejor de los reporteros del National Geographic.

El día anterior, en el hotel, nos aleccionaron sobre los peligros de no mantener el grupo unido durante el safari, pero yo hice caso omiso.

Intercepto los inquietantes gemidos. Son las risas características emitidas en el frenesí carroñero de las hienas. Preso de pánico echó a andar sin rumbo, a paso ligero. Correr no debo, me mataría antes de tiempo.

Las montañas que reconozco en el horizonte quieren poner fin a un mar de hierba, eso me anima.

Al atardecer, entre sombras crepusculares, avisto los destellos de unos ojos brillantes y asesinos. La oscuridad y la maleza dificultan la visión para poder distinguir las figuras, pero se delatan una docena de individuos.

Antes de verme casi acorralado me despojo de trastos superfluos y emprendo una alocada carrera sin objetivo.

La histérica galopada llega a su fin cuando meto el pie en un hoyo y voy a dar de bruces contra un promontorio surgido de la nada. Subo patinando por una rampa llena de guijarros obstinados en ponérmelo difícil.

Intento aplacar el resuello mientras veo que ya están ahí. Van a atacar. Una parece la líder y el resto espera su señal.

Atacan en grupos de dos. Una hace la labor de despiste para centrar la atención y la otra intenta asestar el mordisco.

Ante la táctica lo único posible es aguantar y repelerlas como pueda. Les tiro piedras con una mano y la otra intenta dar golpes con un palo, al aire la mayoría de ellos. En un lance consiguen morderme en la tibia. La brecha que se abre desata la locura, los ataques aumentan en intensidad y violencia.

El buen trozo de carne arrancado me hace perder mucha sangre y me debilita a marchas forzadas.

En cuclillas y casi indefenso, otra me muerde en la otra pierna y no la suelta. El resto de la manada se lanza en tromba.

Noto como se astilla el fémur por la presión de una potente mandíbula y el intenso dolor provoca un último destello de lucidez para recordar que cuando no encuentran carroña y se dedican a cazar, tienen la mala costumbre de empezar a comerse la presa viva.

Agonizo, cuando…

– Julio, ¡despierta!, ¿qué te pasa?, estas soñando, ¡despierta!

– ¡Ah!, ¡oh!, ¿qué pasa…? ¡Madre mía!, ha sido terrible, estaba soñando con unas hienas, me atacaban, en África… Me mordían, era tan real.

Ni un pelo de tonto

21

Observas que pierdes cabello. Piensas que no es una alopecia galopante, la herencia genética te habla de una lentitud progresiva y desesperante, la preocupación inmediata entra en el cajón de lo relativo.

Se te está vaciando considerablemente la coronilla, en cada peinado sufres. La parte frontal de tu cráneo no presenta entradas; a salvo, por el momento…

Intentas encontrar una solución conformista y esa puede ser el beneficio de tu estatura. Si te asaltan por detrás la mayoría no lo verá, a no ser que estés sentado y erguido el otro. Táctica: en sociedad, lo más cerca posible de una pared.

Ahora recuerdas que eres un solitario, rehúsas relacionarte, por ende no te preocupas de perder pelo.

Dado el caso de llegar a lucir una brillante testa, te preguntas si se desvanecerá el trauma por esa fama de tonto ganada a pulso en el colegio.

Bufando hojas

20

Mediados de diciembre, el invierno astronómico no había llegado todavía; al meteorológico no se le adivinaban muchas ganas de pasear por las tierras de nuestra querida Península. Debía de ser un indicio de ese famoso cambio climático que todos comentaban con la misma levedad de unas palabras de cortesía en el ascensor, con el vecino de turno y que quieres perder de vista en el próximo rellano.

Hacía calor a la hora de sentarse a comer y Juan se disponía a soportarlo en las mejores condiciones posibles, en camiseta y pantalón corto, como en pleno agosto. Con las ventanas abiertas, esperando un poco de corriente de aire, cual fue su sorpresa cuando todavía en la lejanía escuchó el ruido de lo que parecía ser el motor de una maquina infernal que alguien hacia trabajar a pleno sol. El estruendo se acercaba lentamente a las inmediaciones de su balcón. El operario, de forma eficiente, arrinconaba las hojas caídas de los árboles del parque, haciéndolas saltar entre nubes de polvareda callejera.

Por si fuera poco el aparato desprendía una humareda y un tufo a gasolina insoportables. Juan asomado ya a la ventana y visiblemente enfurecido se dirigió al operario.

– ¿Es necesario armar tanto ruido y polvo para recoger la hojarasca?

– Mire señor, yo soy un mandado y me limito a cumplir con mi trabajo, si no le gusta será mejor que hable con el responsable de medio ambiente del ayuntamiento.

– ¿Medio ambiente? ¿He oído bien? ¿Exactamente que gestiona el departamento de medio ambiente de mi ciudad? – siguió preguntándose Juan.

Podía aceptar que el “bufa-hojas” no le diera más explicaciones pero su consternación era mayúscula al pensar que tenia que ir a pedir explicaciones a no se sabía exactamente qué señor del consistorio para que, quizá, le justificara unos impuestos municipales que él pagaba religiosamente y ahora le revertían en polvareda para respirar profundamente y estrépito regalado para sus oídos.

Su tabaco, gracias

10

Impresionado y algo aturdido me quedé por la entereza que mostró un buen compañero de trabajo al contarme que le habían diagnosticado cáncer. Era de pulmón y, por lo visto, en fase crítica bastante avanzada.

En una cafetería entrañable del centro, mientras saboreábamos, pues eso, un buen café, me decía que la enfermedad era lo de menos; que lo importante para él era que estaba en paz y satisfecho consigo mismo.

No sé si te pasa que necesitas una explicación, como me pasó a mí.

Decía que era fumador desde muy joven y después de superar la inconsciencia adolescente había estado luchando constantemente contra un hábito del cual ahora ya no se sentía culpable. Un día entendió que el poder económico con su publicidad fue capaz de ponerle la zancadilla en el momento adecuado de su vida y que, ese mismo poder, después de cambiar reglas y normas a su antojo le aconsejaba que dejara el tabaco cuando ya era tarde, empleándose a fondo con la hipocresía más descarnada; ahora, publicitando las obscenidades más crueles en las cajetillas que fabricaban y vendían.

El sentimiento de trato injusto fue dejando paso a la decisión de que un día le matara el tabaco y no otra cosa que él no hubiera decidido.

El bullicio de la cafetería se calmaba poco a poco. El sol que entraba por la ventana dejaba de ser incisivo. Nos estábamos quedando solos y mi compañero exhibía una sonrisa de medio lado mientras apuraba la taza. Estaba satisfecho.